9 de septiembre de 2013

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En la parte de atrás de mi casa hay un canal tapado por un camino, para acceder tienes que caminar unos 100 metros por un sendero pegado a un barranco, el barranco tiene un puente por el que pasa este canal. Cuando éramos pequeños, mis primos, mi hermana y yo, con los perros y no sé si también con mis tíos y mis padres íbamos a bañarnos por el canal, el canal llevaba el agua de riego que abastece a todo el sur del campo de Elche, la experiencia era genial, el recuerdo está grabado por la intensidad de las sensaciones.
A veces hacíamos excursiones también por el barranco, lo bajábamos arrastrando los culos a modo de tobogán, la pendiente era pronunciada, lo es ahora en realidad, porque entonces no existían ese tipo de miedos… A veces aún recorro esos lugares que han dejado de ser tan inmensos y bonitos como entonces, y la nostalgia recorre mis venas.
A veces, en las piedras enormes que había debajo del puente encontrábamos perros muertos, algunos los intuíamos por las patas que quedaban fuera de las bolsas de basura, otras veces estaban ahí tirados, sin bolsa ni nada, recuerdo como si fuera ahora el impacto que aquello causaba en mi… no podía entender aquello… lanzaban a sus perros desde 10 metros al vacío para que chocasen contra piedras y los dejaban ahí, hasta que el paso del tiempo y el Sol abrasador del levante intentaba borrar las pistas de la barbarie, pero nunca pasaba… siempre quedaban los huesos… y la memoria… Ya no he vuelto a ver desde hace mucho… Y no sé si es que casi no paso por allí o que ya no hacen ese tipo de barbaridades.

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