27 de marzo de 2013

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Tu mirada, resplandor en calma de mis tinieblas,
tus palabras, antídotos contra el absurdo cotidiano que me acecha.
Y tu ausencia, ésa, la que me acompaña,
la que poquito a poco se va apoderando de todo lo que soy.
La sombra que observa dormida las casas de la gente que ha olvidado de donde viene.
Las miradas perdidas de aquellos o estos,
de los que hemos olvidado sus nombres.
Nuevos seres se apoderan de nuestras mentes,
nuevos engendros que descubrirán bajo unos grandes ojos sus penas y angustias
de un mundo que va oliendo a putrefacto.
Volver a escuchar un susurro que me dé lo que nunca escuché.
Sentir algunas caricias que envuelvan la felicidad con algo mío.
Querer,
sentir que soy querida.
Que una cucaracha negra se acerque a un rosal de tronco ancho y pinchas grandes,
con el capullo apunto de abrirse,
cucaracha pequeña y sabia que se atreve a escalar,
a pasar por las puntas electrizantes y llegar a la cumbre,
donde se encuentra lo único que merece la pena de esto,
de la mañana,
de la noche.
Soy un bicho oscuro tendido sobre una tormenta de ácido.
Siento como se deshace el soporte que me aguanta y sola,
totalmente sola.
Nadie hay cuando nada ves,
mi vida se quedo allí,
aquí sólo me queda un charco que bajo un Sol vibrante se va secando.

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