27 de agosto de 2012

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Los recuerdos se vuelven difusos con la distancia. Aunque haya cosas que nos empeñemos en no olvidar, el pasar de los años, la acumulación de sucesos y de nuevas memorias hace que lo que un día fue nuestra razón de ser, ahora sólo sea un vano entorno de ojos con sucesión de imágenes.

Aun así, aunque de ese recuerdo sólo guardemos una imagen, esa imagen se convierte en nuestra obsesión. Aquellas imágenes se convirtieron en mi obsesión.

Han pasado ya 13 años, y en estos 13 años he repasado una y otra vez  los trazados y colores de todo aquello. Una vez más, un viaje del que guardas puntos en el camino.

Alguna vez he conseguido trazarlos, pero siempre le daba al freno cuando juntaba más de 10 líneas. 
Cuando dibujo, siento lo que dibujo, a cada chorro de tinta evoco lo que trato de conjugar, y en este caso, o por el dolor o por el placer, no podía seguir. Pero creo que ha llegado el momento, creo que estoy preparada, y sobretodo creo que vale la pena que lo deje inmortalizado, que el tiempo no me borre más de aquello, que se convierta en pieza, que tenga el espacio que merece, que de tan adentro surja lo que siempre ha estado adormecido.
Lo amaba, lo amaba como se ama aquello que no se puede tener, aquello que con un simple olor te desnuda y estremece.
Lo deseaba, aquello era más fuerte que yo, mi cuerpo palpitaba al tenerle cerca.
Él tenía 8 años más que yo y era mi monitor, yo había cumplido los 17 y tenía el mundo por delante para agarrarlo y tragármelo, y él estaba ahí, haciendo realidad todos los sueños que volaban por mi cabeza de un futuro esperanzador, recordándome a cada segundo todo lo que podía llegar a ser, todo lo que me esperaba si seguía mi camino. Me perdí, la salida quedó demasiado lejos y en el intento fracasé.

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